Segundas oportunidades

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La primera vez que nos vimos fue hace ya algunos años. Éramos unos críos. Yo había salido de fiesta la noche anterior y la resaca era insoportable. Probablemente no volvería a verla hasta después de varios años y no quería perder la oportunidad. Maldita la hora que me dejé convencer para la última ronda de tequilas.

Aquello fue un desastre. No leía bien sus gestos, estaba torpe y descoordinado. Por si fuera poco era -y sigue siendo- una de las mujeres más hermosas que he conocido en mi vida. En la práctica eso significó que aguantar, lo que se dice aguantar, no mucho.

Después de aquel día casi ni volvimos a hablar. Ella decía que es muy despistada, le costaba mantener el contacto. Nunca terminé de creerme todo aquello. Pero, por suerte, iba a poder comprobarlo: volvía a su ciudad.  Una llamada y parecía entusiasmada. Lo mismo era cierto y era simplemente una despistada. Quedamos para tomar un café.

Canceló en el último momento. Le había surgido un imprevisto y le resultaba imposible acudir a la cita. Me desilusionó bastante, no os voy a engañar. Lo aplazó al día siguiente por la noche y cambió el café por cerveza. Quizá era más cómodo; en el caso de que nos quedásemos sin conversación la música de fondo y el alcohol nos echarían una mano.

Me costó encontrar el local pero lo conseguí. Diez minutos tarde. Por suerte, aún no había llegado. Pedí una cerveza y apareció. Casi me ahogo de la impresión. Llevaba un vestido azul, corto, sin mangas y ligeramente ajustado; marcaba estupendamente su figura.. Siempre ha sido preciosa y yo  nunca he terminado de acostumbrarme a ello. Cuando me acerqué a darle dos besos no vi ninguna expresión en su rostro que me indicase que había podido ver cómo reaccioné al verla entrar.

─Hueles muy bien─. Siempre he entendido que cuando una mujer te dice que hueles bien has ganado muchos puntos, pero cuando es lo primero que te dice no estás muy seguro de si es porque no tiene nada mejor que decir sobre la primera impresión. Y eso es malo. -Mmm… Gracias. Con el calor de esta ciudad es difícil-. Respuesta insulsa por mi parte. Empezamos bien.

Comenzamos a hablar de cómo nos había ido durante estos años. Se iba un año a trabajar fuera, a uno de esos país nórdicos que tan de moda parecen estar según lo que se oye decir a los políticos. La envidiaba, o eso le dije. En realidad, envidiaba al nórdico que fuera a conocer allí. Tuve la «brillante» idea de comentárselo y de asumir que pensara que estaba en plan baboso y se lo tomara a mal. Extrañamente, se rió. Segunda cerveza.

Entramos en el tema de las parejas. ¡Cómo no! Yo llevaba bastante tiempo soltero y lo llevaba bien: eso sí, me negaba a saber si ella tenía alguien esperándola en casa dispuesto a joderme la fantasía. O lo que podría ser peor, ¿y si estaba soltera, me animaba a entrarle y mi imaginación topaba con el muro de un rechazo real? Soltera. Estaba soltera. Primera copa.

Siempre había tenido mala suerte con los hombres. Siempre he pensado que esa ciudad tiene mucho que ver, no conozco ninguna mujer que hable bien de ninguno por allí -algún día tendré que pensar en mudarme-. Los maldije a todos. Del primero al último pasando por mí y mi resaca de la primera vez. Joder, solo podía pensar en besarla. Y aún no me había acabado la primera copa.

─Perdona, pero me descentras─. Le solté, sin venir a cuento. ─¿Que te descentro?¿De qué estás hablando?─ me respondió, completamente desconcertada. Cómo no, para cualquier persona normal lo que acababa de hacer era un disparate. Pero yo soy así, tengo el estilo de un elefante en una cacharrería.

─Sí, me descentras. He venido con la mejor de mis intenciones a hablar contigo porque hacía mucho que nos veíamos y tenía muchas ganas de verte. Antes de venir no paraba de darle vueltas a cómo desaproveché la otra vez y, lo siento, pero has venido espectacular y no puedo pensar en otra cosa. Voy a intentar seguir comportándome adecuadamente pero espero me disculpes si patino en algún momento.─ Segunda copa.

Silencio incómodo. Menos mal que había cambiado café por cerveza y cerveza por ginebra y había música de fondo. No sabía en qué estaría pensando y no quería saberlo. No supe distinguir si su cara era de preocupación, incomodidad o vete a saber qué, pero había que cortarlo. La cogí de la mano y dije ─No te preocupes, esta es la última ronda, mañana tengo que volverme. Vamos a tratar de disfrutar lo poco que queda aunque haya soltado esa bomba─ al tiempo que sonreía. Ella también sonrió y dió un sorbo.

Hablamos de frivolidades, de tonterías, de algún que otro proyecto de vida. Algo relativamente normal teniendo en cuenta la situación en la que nos había metido. La charla fue bastante amena e incluso nos pudimos permitir algo de contacto corporal sin que pareciera forzado. Había salvado el escollo y mi monólogo anterior quedaría como otra más de mis excentricidades.

Observé con pena cómo la ginebra tocaba cada vez más de cerca el fondo de la copa. Bonito mientras duró. Al menos pude refrescar mi mente con nuevos recuerdos para las noches que, solitarias, siempre  llegan. Llegaba el momento de la despedida. No quería hacerlo, me hubiera quedado contemplando aquel vestido toda la noche, pero no había manera de retrasarlo. Nos levantamos y salimos del local. ─Me ha encantado volver a verte─.

Me recreé en aquellos ojos negros y me dejé mecer por su mirada, tan limpia y vibrante como siempre. Ni siquiera duró un segundo, pero lo disfruté como nunca. La agarré de la cintura. Firme pero con suavidad. Un beso en cada mejilla. El roce de su piel, suave, tersa. Estaba loco por dentro pero estaba todo hecho. ─Ha sido un placer─. Nos dimos la vuelta, no sin antes decirnos que ya volveríamos a quedar cuando volviera.

Un paso. La sensación de estar perdiendo algo irrecuperable me abrumó. Me pesaba tanto que el segundo paso era vacilante, inseguro, casi sin fuerza. Dos pasos. Ya está, no había oportunidad y siquiera intentarlo era una estupidez. ─Ven─ y me giré mientras lo decía. Ella también se dio la vuelta ─¿Qué has dicho?─. Tragué saliva y di un paso hacia ella ─Qué vengas. Sé que soy un estúpido y me vas a decir que no, pero no puedo irme sin ni siquiera decírtelo.─ Otro paso. ─Ven─.

Sonrió. ─Pensaba que no lo me irías a decir nunca, imbécil─ Y me besó. Pensaba que con los años la había idealizado, pero aquellos labios seguían siendo una delicia: seguía siendo un hombre con suerte.

Caminamos hasta mi hotel, besándonos en cada farola, cada portal, en cada esquina, casi en cada adoquín. Éramos como dos adolescentes, y  qué bien sienta volver a ser adolescente de vez en cuando. Seguro que también nos perdimos, pero qué más da.

Casi nos devoramos el uno al otro en el ascensor. Éramos como dos bestias salvajes que llevaban demasiado tiempo encerradas y querían salir. Abrí la puerta de la habitación y nos metimos dentro, cada vez más fogosos. La sujeté por las muñecas contra la pared ─ No pienso repetir lo de la primera vez. Vamos a dar tiempo a disfrutarnos─ En su cara, en aquellos ojos negros, se entremezclaban a la perfección  frustración y deseo.

Le desabroché el vestido mientras nuestras lenguas jugaban entre sí en una perfecta danza orquestada, ensayada y a la vez soñada durante años. Mientras la ropa resbalaba por su, ahora desnudo, cuerpo, no pude más que maravillarme en la contemplación de aquella mujer, en su cuerpo, en su intelecto. Siempre he tenido suerte.

La puse de espaldas contra la pared mientras mis manos recorrían cada centímetro de su piel. Besé su cuello mientras mi cuerpo se pegaba al suyo. Quería notarla contra mí y que supiera que estaba más que preparado para llegar a más, pero que iríamos con tranquilidad. Su ropa interior, al suelo.

Ya en la cama, ella boca arriba, me puse de rodillas y me quité la camisa antes de volver a besarla. Primero en la boca. Su oreja, su cuello -no pude evitar morder- sus pechos. Todo con suavidad, sin agobios, quería sentir y que ella sintiera. Seguí bajando por su abdomen aunque, camino del final, decidí pasearme por  a la parte interna del muslo e ir subiendo.

Separé sus piernas y pude observar aquel tesoro rosado que me había estado vedado tanto tiempo. Lo rocé levemente con la lengua provocando que a ella se le escapara un ligero gemido. Estaba muy excitada y yo también. Demasiado diría yo, por la presión que seguía aumentando dentro de mi pantalón. Comencé a jugar con mi lengua dentro de ella. Siempre me ha resultado agradable ese ligero sabor salado. A ella parecía darle igual cómo sabía pues estaba muy ocupada moviendo la cadera, pidiéndome más brío. No osé contradecirla.

Me llevé su clítoris a la boca, jugueteando con él despacio, poco a poco, viendo hasta dónde podía llegar. No parecía haber límite. Con cada roce, un espasmo, con cada succión, un gemido. Hasta que di con el punto exacto ─Joder ahí, ni se te ocurra parar─. No pensaba hacerlo. Me agarró de la cabeza, apretándola contra ella misma. Tiraba muy fuerte de mi pelo y me excitó aún más

Aumenté el ritmo según me indicaba su cuerpo. Movía mi cabeza al ritmo de su cadera y sus piernas me atraparon en un abrazo férreo. De su boca nacían cada vez gemidos más fuertes. Notaba cómo sus músculos se tensaban y me atrapaban aún más. Sentía su espalda retorcerse en un intento por liberar tensión pero no bastaba. Ya eran gritos lo que oía.  Gritos que acompañaban a mi nombre. Me iba a explotar el pantalón. Y que llegó. Una oleada de placer que recorrió todo su cuerpo y casi parecía hacerla levitar de la cama. Solo paré cuando pareció relajarse del todo.

Me tumbé junto a ella, sonriente. Sus ojos negros seguían perforándome el alma. Y me volvió a besar ─No pienses que aquí hay descanso─ Dijo, mientras me quitaba los pantalones con las manos. Se colocó encima de mi, de rodillas, y empezó a moverse conmigo dentro. Era una vista sencillamente espectacular.

Mis manos recorriendo su espalda, clavándole mis uñas cuando el movimiento de su pelvis era el correcto. Estaba demasiado cachondo como para aguantar mucho más. La agarré del culo, con fuerza, mientras ella me follaba cada vez con más rápido. Mis muslos comenzaron a tensarse, me quedaba poco. Me lo vio en la cara y volvió a reír ─Córrete para mí─. Era imposible resistirse a una orden suya, así que me dejé llevar.

Comencé a notar como todo mi cuerpo se retorcía, que toda la energía se iba concentrando cada vez en el mismo sitio. Y entonces llegó. Un chispazo que empezó en mi cabeza y recorrió con una fuerza inusitada mi espalda, levantándola también, liberando toda mi tensión dentro de mi amante mientras aullaba de placer. Exhausto, me dejé caer mientras ella se tumbaba a mi lado.

Aquella noche nos amamos más veces pero, sobre todo, lo que más hicimos en aquella habitación fue besarnos.

Escrito por seXreto

seXreto

Dicen que hay que ser un caballero en la calle y un animal en la cama. Escritor en mis ratos libres. Si me lees y no te masturbas, mal voy

1 Comment

  1. arobed says: Responder

    Leer este relato, es más que leer…

    Gracias

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