Horas extra

secretary2

Color magenta: Sara

Color azul: Marcos


No sé qué le ven de malo al lunes si es uno de los mejores días de la semana. ¿Será porque no tienen la suerte de trabajar en el mismo sitio donde trabajo yo? Espera, no pienses que soy un directivo de los que se ponen un traje hasta para ir a comprar el pan o que trabajo en un chiringuito de playa buscando mi meta en la vida mientras imparto clases de kitesurfing: mi curro es un curro de oficinista normal, en una oficina completamente normal y con unos horarios de lo más normales. Vamos, que hago más horas extra que los calzoncillos de un ermitaño, estando más anclado a mi mesa que el propio ordenador. Pero ¿sabes qué? No me importa. Y todo tiene una razón: Sara.

¿Alguna vez has tenido una compañera de trabajo capaz de cambiarte el día con sólo dirigirse a ti pidiéndote un bolígrafo? ¿Has pasado media jornada laboral aparentando que miras la pantalla mientras registras la atención sobre ese punto borroso de la mirada que te permite anidar los ojos en el escote que tienes enfrente sin despertar ninguna sospecha? ¿Deseaste que transcurriese el fin de semana sólo para que llegara el lunes junto al esperado reencuentro con esa compañera? Sí, sé que este último punto puede darte una opinión algo contraria de mis sentimientos hacia Sara, pero no: mi obsesión por ella no es compulsiva; y tampoco la subí al pedestal idealizado de cualquier meta inalcanzable. Aunque sí te diré una cosa: soñaba con encaramarla a mi pedestal, supongo que sabes a qué me refiero.

Recuerdo el lunes trece de abril como si fuera ayer; y eso que ya han pasado semanas del acontecimiento. Pero menudo acontecimiento: justo ese día, ese mismo lunes, aquella inolvidable vuelta del asfixiante fin de semana, se dieron las circunstancias idóneas para que Sara y yo congeniáramos. Que digo congeniar: aquello fue una conexión de las que consiguen mover hasta los cimientos de una central nuclear. ¿Nunca te has enrollado con alguien de la oficina sufriendo el temor en el estómago de que pueden pillarte en plena faena?

 

Sé que Marcos llevaba colado por mí desde el mismo instante en el que entré en esta oficina, topándome con su mirada esquiva cada vez que yo jugaba a ponerle nervioso. No sé, supongo que el trabajo era demasiado aburrido y yo necesitaba una distracción; por lo que Marcos se convirtió en mi pasatiempo preferido. ¿He dicho jugar? No, tampoco era eso, no me malinterpretes. Simplemente… Le daba un poco de lo que él necesitaba; logrando, de rebote, que el trabajo resultase más agradable para mí. Pero he de reconocer que ese lunes trece de abril me sobrepasé.

Lo recuerdo como si fuera ayer: uno de esos lunes de mierda que empiezan mal ya desde el domingo. Discutí con mi novio llevándome un cabreo de campeonato a la cama; y sin que apenas pudiera hacer otra cosa durante toda la noche que dar vueltas en bucle sin conseguir estirar del sueño. De hecho, ni siquiera el vibrador que guardo en la mesita obró su magia orgasmo mediante; por lo que me levanté a la mañana siguiente con un humor tan agrio que creo que corté hasta la leche del café. Aunque justo en ese momento se me ocurrió una idea que tumbó cualquier mala expectativa del día que estaba por llegar: ¿y si me vengaba del cabrón de mi novio enrollándome con Marcos? Aquella semilla absurda enraizó en mi cabeza alterando todos los preparativos, logrando que llegase a la oficina con una de las mayores sonrisas que he llevado al trabajo; aparte de insuflarme el valor suficiente como para vestirme con el top más escotado de mi armario. Para que nos entendamos: no me lo pondría ni para salir un sábado después de un año sin sexo. Pero ahí estaba yo: entrando en la oficina con tal porte que, de ganar un euro por cada mirada cachonda, me hubiera hecho millonaria al instante. Aunque claro, a mí sólo me interesaba un par de ojos. Y los encontré; pegados a un cuerpo que a día de hoy todavía me estremece.

 

Dios mío, allí estaba ella. Despampanante, con unas piernas que cortaban la respiración a dos kilómetros de distancia, embutida en una camiseta tan justa que estoy convencido de que se la había robado a alguna Barbie, con dos maravillas de la naturaleza asomando sin rubor bajo la tela de la camiseta mientras se meneaban al ritmo de los pasos hipnotizando a cada hombre hetero y con capacidad de visión, cruzando toda la oficina entre murmullos para sentarse en su sitio, justo enfrente mío… Si he de describir la situación con una metáfora, parecía que mi destino de aquel lunes era el mismo que el del un niño babeando ante el escaparate de una tienda de bombones.

 

Perdí el dominio de mi insinuación y el horizonte al que llegar con las malas artes, abusando de tal manera de mis armas de mujer que tuvo que levantarse varias veces de su mesa en dirección al baño tardando un buen rato en volver con cada pausa. Le miraba de soslayo aguantando la vista cuando nuestros ojos se encontraban, le pedía consejo inclinándome en su dirección sólo para que tuviera una mejor panorámica de mis tetas… Y le cité en las escaleras a las seis y media de la tarde aprovechando que apenas se queda nadie a hacer horas extra. ¿Crees que acudió a la cita impaciente deseando arrancarme la camiseta para follarme sobre los escalones? Por increíble que parezca, no ocurrió así.

 

El tiempo transcurría demasiado despacio para Sara, que se mantenía impaciente en el rellano de las escaleras dando vueltas en bucle dentro del escaso espacio disponible; al tiempo que su cabeza imitaba el movimiento de los pies centrifugando una idea que pronto se convirtió en obsesión. “¿Cómo puede ser posible?”, pensaba mirando su teléfono móvil. Las seis treinta y cinco de la tarde. “No viene, no viene, ¡no viene! ¿Será que no le gusto? Después de todas las miradas, las intenciones, las caricias disfrazadas de contacto social… ¿Me habré equivocado con él? Hubiese apostado por que estaría aquí antes de la hora, con la lengua fuera, dispuesto a hacer todo cuanto le pidiese. Pero no: ni siquiera se ha presentado”. Las seis treinta y ocho. “¿Y si se ha marchado?”. Aquella plausible posibilidad se hizo fuerte en su mente hasta convertirse en un argumento irrefutable. “Se ha marchado. ¡SE HA MARCHADO!”.

Sara abrió la puerta que comunicaba el balcón de la oficina con las escaleras de servicio y cruzó corriendo la balconada sin preocuparse de que sus compañeros podían observarla a través de la cristalera. Empujó la puerta que daba al recinto de trabajo, atravesó el diáfano espacio por el camino abierto entre las mesas sin preocuparse de que sus pechos amenazaban con salirse de la escueta pieza de tela que los mantenía amarrados y suspiró con alivio al divisar a Marcos en la distancia sentado donde Sara deseaba encontrarlo: en su mesa. Éste la vio venir encontrando cierta preocupación en su rostro; trasladándose también al suyo al intuir el esfuerzo que le supondría dar explicaciones.

—Pensé que habíamos quedado —Sara disparó la recriminación a bocajarro sin preocuparse de que la oficina también tenía oídos.
—Es que…
—¿No te gusto? —Sara sintió cierta desidia en su compañero; notando, de rebote, una punzada en el corazón—. Pensé que me deseabas. ¡No me has quitado ojo desde que entré en esta oficina!
—Yo…
—¿De verdad no has querido venir a verme? ¿De verdad? —El dolor se mezclaba con desesperación—. Pues que sepas… —Sara bajó la voz agachándose hasta la altura de Marcos, que continuaba sentado—. Que lo habríamos hecho en las escaleras —a Marcos se le salía el corazón del sitio—. Sí, en las escaleras. Te hubiera dejado meterme mano, besarme hasta el último rincón de la piel, te hubiera follado salvajemente hasta que hubieses suplicado basta. Pero no, no has venido.
—Es que…
—No hace falta que pongas excusas, ha quedado suficientemente claro.
—No es eso: tengo un informe urgente que he de presentar antes de las siete —se excusó Marcos. Hubiese llorado como un niño, pero logró contenerse—. Llevo corriendo desde las cinco para terminarlo a tiempo, pero he tenido que quedarme a hacer horas extra por obligación. Ya conoces al jefe…
—¿Entonces ibas a venir?
—¿Cómo no voy a ir? Llevo soñando con esa posibilidad desde hace meses. Y aún no puedo creerme que estés aquí, de pie a mi lado tras haberme dicho… —Tragó saliva—. Que me ibas a follar. No me lo creo ni aunque me pellizques.
—¿En serio ibas a venir?
—¡Claro! Pensé que acabaría, pero se me complicó. Dame cinco minutos.
—Te daré mucho más —Sara se envalentonó mordiendo suavemente el lóbulo de la oreja de un Marcos estremecido—. Ahí tienes tu pellizco. ¿Estás soñando?
—Más de lo que imaginas…
—Te espero en el baño.

Marcos se embobó observando el balanceo del culo que iba camino del citado baño, tardando unos segundos en volver al trabajo que aún tenía pendiente; enviándolo poco después tras confirmar que no tenía errores. Se levantó de su asiento, hizo acopio de valor, enfiló los pasos siguiendo el recorrido mental que marcaba el culo en su cabeza y no tardó en llegar a la puerta que comunicaba con los servicios; entrando posteriormente al descansillo que daba acceso al baño de mujeres y al de los hombres.

—¿Sara? —Susurró. No hubo respuesta—. Sara, ¿estás aquí? —Llamó con los nudillos a la puerta del baño de mujeres, sin resultado. Marcos asió el pomo, lo giró y entreabrió tímidamente la puerta como quien no sabe si le espera una fiesta sorpresa tras el umbral—. ¿Estás aquí, Sara?

Había fiesta. Y de las que uno imagina para el mejor de los cumpleaños, encontrándose la chica desnuda que sale del pastel con la salvedad de que no existía ninguna tarta. Ni invitados que aparecen tras un escondite al iluminarse de repente las luces; tampoco regalos primorosamente envueltos amontonándose en cualquier esquina. Bueno, regalo sí había. Sin apenas envoltorio.

—Esta vez sí que has venido.

Sara saludó al recién llegado apoyada contra uno de los retretes, manteniendo la puerta abierta y ofreciendo, sin desearlo, una visión tan contradictoria como desconcertante. Desnuda de cintura para arriba con los pechos suplicando un repaso manual aparte de visual, posando en una postura que envidiaría cualquier revista de hombres, con la falda amenazando con caerse al suelo tras haberse liberado de la presión que ejercía la cremallera… Y con el contrapunto anti lujurioso que aportaba el fondo de retrete con una taza que, pese a percibirse limpia, seguía chirriando en el mejor escenario sexual posible. Aunque, como es obvio, Marcos era ajeno al atrezo sanitario manteniéndose petrificado ante el paraíso carnal que se abría a sus sentidos; tacto y gusto incluidos.

—¿Te vas a quedar ahí en la puerta?
—N… No.
—Pues pasa —Sara liberó la falda del escaso lastre que ofrecía su cuerpo y ésta resbaló instantáneamente al suelo imitando la caída de un telón. Con la diferencia de que, en aquel caso, el espectáculo comenzaba—. No te imaginaba tan tímido.
—Y no lo soy —desmintió Marcos con un fino hilo de voz. “¡NO LO SOY!”, gritó para sí.

Marcos cerró la puerta despacio tratando de hacer el menor ruido posible y se detuvo unos segundos a encontrar la manera de atrancar la entrada. No la había; por lo que ambos tendrían que asumir la posibilidad de que les pillasen en faena jugándose, sin que hubiera alternativa, su puesto de trabajo. Además de la reputación; si es que no estaba enterrada ya tras el aluvión de cuchicheos que habían dejado en la oficina.

—¿Tienes miedo de que nos encuentren? —Sara pronunció la pregunta al tiempo que con gestos le instaba a acercarse—. El peligro me excita. ¿A ti no?
—Cuando me juego el curro no tanto —Marcos se aproximó a la chica saboreando el momento a pesar del peligro. Como evidenciaba su manifiesta erección, el riesgo no le era tan molesto—. Aunque ahora no puedo pensar en eso.
—¿Y en qué piensas?

No necesitó responder con palabras: su lengua habló por él. Primero en forma de morreo e intercambio masivo de saliva al tiempo que se manoseaban mutuamente dejando que el deseo guiase sus extremidades; y luego a base de lametazos y succiones. Marcos empezó por el cuello y acabó directamente en el clítoris tras haber recorrido ambos senos con fruición, el vientre, después de pegarle a Sara pequeños mordiscos en la cintura que despertaron en ella un cóctel de cosquillas aderezado con escalofríos y tras lamer el propio clítoris por encima de las braguitas negras de encaje; anticipando el cunnilingus de pie que Sara gozó con tal intensidad que fue incapaz de esconder los gemidos por más que se mordió el labio inferior hasta casi hacerse sangre. No estaba preparada para tal cascada de placer. Tampoco para lo que vendría a continuación.

—¡Al final me voy a correr! —Gimió Sara entre espasmos—. ¡PAR…! ¡PARAAA…!
—¿Quieres que pare?
—¡SÍÍÍ…!

Marcos hizo caso omiso de las súplicas de Sara, succionando con mayor intensidad el clítoris mientras mantenía en el sitio a la chica sujetándola por el trasero al tiempo que la atraía contra su boca a la altura de la vagina. Los espasmos aumentaron de intensidad disminuyendo el tiempo entre ellos hasta que, justo cuando Sara daba el último paso hacia el precipicio, y el vértigo se dejaba notar anticipando un orgasmo sin frenos en forma de caída libre, Marcos se detuvo hábilmente dejándola con las ganas removiendo su insatisfecho deseo.

—Métemela. Tengo preservativos en el bolso —Sara relajó el cuerpo de la tensión pre orgásmica y abandonó el marco de la puerta para adentrarse en el diminuto cubículo a rebuscar entre sus pertenencias. Éstas permanecían sujetas por un colgador en uno de los laterales del retrete—. Toma.
—No, mejor que no —dijo Marcos rechazando el preservativo que le tendía—. No me siento nada cómodo aquí. ¿Y si viene alguien?
—Nadie va a venir —Sara le agarró por la camisa estirando de él hacia el interior del retrete. Después, trató de cerrar la puerta—. Deja que cierre.
—En serio, mejor lo dejamos para otro día —las palabras carecían de lógica a oídos de Sara, e incluso para Marcos, pero así le salieron—. O podemos quedar en mi casa.
—¿Me vas a dejar con las ganas?

Sara descendió con la mano hasta la bragueta, acarició el pene erecto por encima de los pantalones y se dispuso a soltar el cinturón que daba acceso a la atracción principal masculina. Marcos le agarró la mano sin demasiada delicadeza instándola a cejar en sus intenciones.

—Lo dejamos para otro día —Marcos besó a Sara en los labios como se besan los protagonistas de una película de Disney: suavemente, sin presión, como si entre ellos debiera permanecer la más casta de las relaciones. Ella se dejó hacer siendo incapaz de reaccionar al rechazo—. Tengo que marcharme. No me gustaría que nos pillasen follando en el baño de la oficina.
—Pero…
—Mañana nos vemos.

 

¿Que por qué la rechacé? No lo entiendo ni yo, sinceramente. Pero no sé: la mezcla de sensaciones de aquel momento no me era favorable, encontrándome incómodo por la situación y también… Sí, creo que lo puedo decir: el poder conseguirla enfrió el ansia de hacerlo. Tampoco me entiendo, pero yo ya estaba satisfecho dejándola a punto de correrse, como si hubiese culminado una especie de venganza; aunque no descarto cruzar la línea de meta, tú ya me entiendes: sé que ella lo está deseando. ¿Que si yo lo deseo? Pues… Sí, creo que sí.

 

¿Alguna vez has acudido al trabajo con una sonrisa inexplicable más que por el hecho de encontrarte con alguien deseado? ¿Has disfrutado tu jornada laboral junto a esa persona sintiéndote con suerte sólo porque te dedique una sonrisa o porque se acerque hasta tu sitio a pedirte un bolígrafo? Eso es lo que me ocurre a mí: hasta los lunes han adquirido una nueva dimensión. ¡Incluso me alegro cuando se acaba el fin de semana! Espera, no pienses que estoy colgada por él, que aún tengo novio. Aunque confieso que le dejaría sólo con que Marcos me lo pidiera.

Escrito por Ivsu

Ivsu

Escritor de vocación y de profesión, aunque no siempre de los textos que más me gustan. Siempre acompañado de una hoja en blanco y de alguna idea que plasmar en texto. Si me pides que te cuente algo, seguramente te lo escriba.

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