Con la pizza entre las piernas

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—¿Alguna vez te han arrastrado dentro del piso estirando de tu chaqueta, te han arrojado al sofá, arrancado la ropa sin miramientos y te han follado tan salvajemente que hasta temiste por tu vida?

El repartidor, abrumado por el arrojo de su clienta, e intimidado hasta el punto de ver paralizados todos sus miembros, permanecía de pie bajo el dintel de la puerta de entrada sosteniendo en alto la pizza protegida por su pertinente caja de cartón y funda de transporte térmica. Inmóvil como la mano de un pedigüeño ante la expectativa de unas monedas, y sin que la visión del cuerpo de la mujer a través del camisón de encaje transparente le ayudase, trató de articular el “no” más claro que pudo.

—N… N… No.
—Ahora me dirás que el mito del pizzero es completamente falso —la mujer saboreó con la mirada al chico que tenía delante y, a pesar del horroroso uniforme de “Pizza D’Angelo” que restaba puntos a su sex appeal de veinteañero fibrado, concluyó que repetiría hasta del primer plato—. A ver: ¿cómo te llamas?
—Ma… Martín.
—Martín: ¿nunca te han pedido que les enseñes el calzone?
—Pues…
—Habrás salpicado a alguna con tu mozzarella caliente.
—Yo…

Demasiados eufemismos para el pobre repartidor que, incapaz de mirar a los ojos lujuriosos que le desnudaban deseando clavarle mucho más que la mirada, bajó la vista posándola en sus desgastadas zapatillas. ¿Por qué se habría puesto aquéllas tan viejas? ¿Por qué no se atrevía a materializar la fantasía de cualquier hombre, suya incluida? Por la mujer no sería: su atractivo resultaba innegable. Si al menos fuese capaz de articular palabra…

—¿No tienes lengua, Martín? Porque entonces no me sirves.
—Son doce con cincuenta —acertó a decir el repartidor acercándole a la mujer la caja con la pizza tras haberla sacado torpemente de la funda—. Y no tengo… Cambio.
—Mucha sangre tampoco tienes —rio la mujer sin esconder la burla. A continuación, echó mano del monedero que reposaba sobre la cómoda y retiró el dinero: un billete de diez, una moneda de dos euros y la de cincuenta céntimos—. Toma, aquí lo tienes: justo —la mujer soltó sin disimular las monedas a escasos milímetros de la mano de Martín; cayendo éstas al suelo para perderse piso adentro—. Vaya, mira que soy torpe.

De haber estado en un partido de fútbol, el pobre repartidor habría pedido la hora. Por contra, asistió a un espectáculo más propio de un salón de striptease que de la entrega de una pizza a domicilio. La mujer, exagerando las poses, y marcando con claridad los movimientos para que destilasen el máximo de sexualidad posible, se agachó ostensiblemente a recoger las monedas levantando el trasero para asegurarse de que las nalgas se dejaban ver lo suficiente a través del camisón. Redondas, compactas, capaces de provocar luxaciones de cuello durante cualquier paseo de domingo por la tarde… Un menudo triángulo negro a la altura del coxis era el único vestigio de ropa interior; quedando completamente escondida la tira del tanga que, pese a luchar con todas las fuerzas inherentes a un trozo de tela elástica, se veía absorbida sin remedio al interior viéndose atrapada entre ambas rocas de carne. ¿Por qué no dejarse atrapar de igual manera? Era el único pensamiento que discurría por la cabeza del repartidor. Por la otra cabeza, sin embargo, fluían más que pensamientos: una sensación incómoda en la entrepierna anticipaba la enorme erección que tendría lugar segundos más tarde.

—Vaya, sí que se ha ido lejos la monedita —la mujer se giró hacia el repartidor asegurándose de que el camisón caía con suficiente juego como para dejar al aire su pronunciado escote—. Pero ya las tengo a las dos —se irguió a cámara lenta, como si protagonizase la escena tórrida de una película de serie B—. Toma, Martín.

La mujer recuperó el espacio que había perdido al ir a buscar las monedas dentro de su casa sin abandonar los ojos de la estatua que tenía enfrente. Puso el máximo de picardía en su mirada, la acompañó con el suave vaivén de su cuerpo acariciado por la fina lámina del camisón transparente, se detuvo a la misma altura que su esperado compañero de cama rozándole la chaqueta de “Pizza D’Angelo” con los pezones cubiertos por ropa íntima, bañó con su perfume el aura del chico en un intento de engatusar su raciocinio y le introdujo el dinero en el bolsillo del pantalón atreviéndose a rozar con la punta de los dedos la otra punta que pugnaba por salir a la superficie.

—Entra, que te doy tu propina.

Estiró del repartidor por el bolsillo incitándole a entrar. U obligándole más bien. Éste se resistió dando al traste con la maniobra de cortejo.

—Lo… Lo siento —balbuceó—. Tengo que seguir trabajando. Y…
—¿De verdad que no te apetece una pausa?
—Sí, claro. Pero…
—Pues ven —la mujer sacó la mano del bolsillo y la plantó directamente en la entrepierna de Martín. Manoseó sin miramientos: por la dureza y sus dimensiones, el repartidor tenía de qué sentirse orgulloso—. Lo vas a pasar bien.
—Lo siento, de verdad —se desembarazó del gancho femenino con toda la delicadeza que pudo poner en el acto y dio un paso atrás sufriendo la rigidez de la erección—. Tengo que marcharme.
—Tú mismo —acertó a decir la mujer visiblemente decepcionada.
—Que disfrute de su “Pizza D’Angelo”: las hacemos en horno de leña sólo para usted.

Y echó a correr como pudo camino del ascensor, recorriendo los diez metros del pasillo arrastrando la pierna hasta que logró acomodarse el miembro pegándolo contra su vientre; y notando la generosa humedad que manaba de la excitación. ¿Por qué se había negado? Seguramente por timidez o por no estar preparado para el momento. Al fin y al cabo, ¿lo de los pizzeros no era un mito extendido hasta la saciedad por la pornografía? ¿Cuántas veces le había ocurrido aparte de la más reciente? Echó mano de su recuerdo tratando de apartar de la mente el vaivén de los pechos embutidos en el sostén negro; dando con la conclusión de que jamás le había pasado nada parecido. Una chica que una vez le abrió la puerta con una camiseta transparente y sin sostén; una mujer ya mayor que se insinuó con desparpajo sin traspasar la conversación; y… No, nadie más aparte de la mujer que ya quedaba en el tercer piso y que había dejado escapar sólo por no estar preparado. Y por ser imbécil, pensó el chico entrando en el coche de reparto. “Imbécil, imbécil, imbécil…”.

—¡IMBÉCIL!

Gritar dentro del coche no solucionaría su escaso atrevimiento, por lo que no quedaba más remedio que arrancarlo y retomar la jornada de pizzero. Pero sus manos se negaron a sacar las llaves de la chaqueta, que aún conservaba el perfume; obligándole a permanecer sentado en el asiento del conductor al tiempo que sus reproches inundaban el espacio asfixiando su ánimo. “¿Y si vuelvo?”. Giró la cabeza fijando la vista en el portal por el que había salido un minuto antes. Elegante, con una cristalera protegida por un portón forjado, ofreciendo la entrada a un paraíso carnal del que él mismo se había expulsado… Sí: como le gustaría poder entrar de la misma manera que en ese momento lo hacía un hombre con traje, accediendo al piso deseado con toda la naturalidad del mundo. “¿Y si vuelvo?”. Sabía el piso, el nombre de la mujer y, lo más complicado, existía interés mutuo por conocer sus respectivos cuerpos. ¿Qué podía fallar? Nada. “Tengo que volver”. Lástima que el deseo fuera menos poderoso que la voluntad, quedando atado al asiento hasta que un desencadenante le agitó casi quince minutos después: un repartidor de pizza, competencia suya, aparcó la moto justo delante del portal, asentó el vehículo al suelo con el caballete, abrió la maleta trasera para retirar la funda con la comida y, tras cerrar la maleta, enfiló los pasos hasta la entrada del edificio. ¿Podría ser? Existía una más que plausible posibilidad; que, de no interceptarla, daría al traste con sus propias posibilidades.

—¿¡Que quieres entregar tú la pizza!?

El nuevo repartidor no daba crédito a lo que le planteaba el compañero de “Pizza D’Angelo”: ¿para qué dejarle la entrega si ni siquiera eran de la misma empresa? Miró incrédulo a Martín de arriba a abajo sin notar nada extraño de lo que sospechar. Poseía apariencia confiable, no daba señales de estar bebido ni drogado, el estado de su uniforme era el correcto…

—Te pagaré el doble de lo que cuesta —aseguró Martín tratando de ser convincente—. Así te llevarás una buena propina.
—Pero… —La reticencia no era muy poderosa; aunque debía mantener la compostura.
—Toma —Martín le tendió al repartidor todo cuanto tenía en la cartera: dos billetes de veinte euros —. La pizza va al tercero cuarta, ¿verdad?
—Sí, sí…
—A nombre de Elicia, ¿no?
—Sí.
—Ya se la entrego yo.

Martín recogió la funda de las manos contrarias, extrajo la caja con su pizza y devolvió la protección térmica a su dueño. Éste se encogió de hombros despidiéndose posteriormente alzando la mano; y dejando a Martín llamando al portal mientras retomaba el trabajo a lomos del ciclomotor.

—¿Sí?

La voz de la mujer a través del interfono le estremeció.

—Le traigo la pizza que ha pedido.
—Sube.

Un zumbido en la cerradura le dio acceso al paraíso carnal que había abandonado veinte minutos antes sin que, en apariencia, le guardara reproches por la desconsideración. Llamó al ascensor sintiendo los nervios bullir en su estómago, aguardó a que el elevador descendiera entonando una melodía al azar que le permitía liberar la mente de la tensión, se introdujo en el habitáculo de una zancada y apretó el botón con el “3” rotulado en el centro desencadenando la maniobra de ascenso a los cielos. Entonces se le ocurrió una idea completamente loca: ¿y si llamaba a su puerta desnudo? Era absurdo, idiota, todo un riesgo en un edificio de vecinos. Pero así se resarciría del plante demostrando que también poseía atrevimiento. Así que Martín se asomó por la puerta del ascensor una vez éste se detuvo en el tercer piso, oteó alrededor sin ver movimientos extraños, prestó atención a cualquier sonido que pudieran atrapar sus orejas y decidió llevar a cabo la idea. Salió, recorrió de nuevo los diez metros de pasillo y se desnudó todo lo deprisa que pudo delante de la deseada puerta. Zapatillas fuera, pantalones, calzoncillos, la maldita chaqueta de “Pizza D’Angelo”… Las prendas se acumularon en el suelo creando una pequeña montaña; montaña que debería arrastrar al interior una vez la mujer le invitase a pasar. ¿Qué faltaba? Sólo una cosa: la pizza. Así que se tapó con ella, y con la caja, sus partes nobles y llamó al timbre; deseando con todas sus fuerzas que ningún vecino le pillase de aquella guisa.

—Cariño, está aquí el de la pizza.

La voz que sonó dentro del piso le era conocida, pero el “cariño” encajado en la frase la desencajaba de cualquier contexto imaginado. Igual que la primera vez, Martín se quedó paralizado ante el umbral del tercero cuarta.

—Sí que has venido ráp…

La frase se diluyó en el aire como se le escapa la vida a cualquier personaje secundario en su único primer plano de película de thriller. El hombre con traje se quedó sin palabras ante aquel tipo desnudo cubierto únicamente con una caja de pizza; y el repartidor, espantado ante el giro que habían tomado los acontecimientos, permaneció congelado y con la boca abierta como si le hubiesen criogenizado justo durante el peor susto de su vida.

—¿¡Quién eres tú!? —El grito espoleó el instinto de supervivencia de Martín—. ¿¡Y QUÉ HACES DESNUDO EN EL RELLANO DE MI CASA!?

No esperó a que se desencadenaran los actos tras las palabras: el repartidor recogió la montaña de ropa a la velocidad de la luz, la puso como pudo sobre la caja de pizza y echó a correr como si le fuera la vida en ello (seguramente así era); descendiendo a toda prisa por las escaleras sin preocuparse de su desnudez, de haber perdido las zapatillas por el camino ni del bamboleo del pene golpeándole violentamente contra las piernas. Tampoco se preocupó por ir en pelotas por la calle ni de que se le había caído la chaqueta al abandonar el portal: corrió hasta el coche, abrió la puerta, arrojó todo cuanto llevaba en los brazos al asiento del copiloto y dejó el estacionamiento sin mirar atrás en ningún instante. ¿Volver a la pizzería? Imposible, debía dejar el trabajo. También el de pizzero: desde aquella noche, Martín no volvió a tener una pizza a menos de cinco metros de las manos. Y mucho menos entre las piernas.

Escrito por Ivsu

Ivsu

Escritor de vocación y de profesión, aunque no siempre de los textos que más me gustan. Siempre acompañado de una hoja en blanco y de alguna idea que plasmar en texto. Si me pides que te cuente algo, seguramente te lo escriba.

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